Simplificando

Tengo un amigo que se dedica a la investigación científica básica desde hace al menos  20 años. Es uno los mejores en su especialidad y en los últimos tiempos -me cuenta- se dedica a tratar de entender el comportamiento de no-se-qué-molecula-del-aluminio.

Seguramente me estoy metiendo en un jardín científico pero le diría a mi amigo que así cualquiera, que vaya morro y que  entender del comportamiento de una molécula de aluminio tal vez sea tedioso y técnicamente complejo pero seguro que resulta más sencillo que tratar de comprender, entender, aprehender eso que llamamos genéricamente “la realidad vasca”. Sin conocer todas las características de la molecular del aluminio y su comportamiento difícilmente encontrará mi amigo aplicaciones en las que volcar su investigación; sin conocer la realidad vasca en toda su complejidad difícilmente encontraré yo la manera de contar correctamente las historias que interesan a mis lectores /oyentes/espectadores y dificilmente tendrán ellos una visión cabal de lo que ocurre a su alrededor.

Toda esta -me temo- farragosa introducción viene al hilo de este reportaje elaborado por mí  la semana pasada para los informativos de ETB.  Reportaje en el que -en el contexto del 5º aniversario del fin de la actividad armada de ETA-  preguntaba  a un policía nacional y a un guardia civil destinados en Euskadi en qué había cambiado sus vidas aquel anuncio del 20 de octubre de 2011.

El reportaje indignó a algunos espectadores. Me lo hicieron saber vía twitter -algunos con más educación que otros-  y difundieron por la red una  serie de preguntas retoricas del tipo “¿te parece normal entrevistar a un nazi. Qué será lo siguiente?”  o “¿por qué no le preguntaste si se excitaba cuando violaba mujeres?” La crítica se completó dos días después en GARA con esta tira cómica cve_yc5w8aag_v_-jpg-large

La tira es buena y la crítica, por supuesto, legítima. Va incluida en el sueldo pero reconozco que  me pillo a contrapié.  Han tenido que pasar unos días para darme cuenta de que no tenía que haberme sorprendido. El problema no era haber reflejado la opinión de dos policías sobre cómo viven hoy día en Euskadi pero sino haber enfrentado a algunos espectadores con algo que no querían ver ni oír. Había vulnerando una premisa sobre la que en alguna ocasión ha escrito el periodista Alberto Moyano: “cada cual no ve lo que tiene delante sino lo que quiere”. Y, ojo, probablemente haya razones muy poderosas para  “mirar sin ver”  pero eso no hace que la parte de la realidad que no vemos,  desaparezca.

En definitiva me habían llovido palos porque había quebrado el principio básico  de “no incomodar” y había puesto en marcha un viejo mecanismo de sobra conocido.  Yo lo llamaría  reduccionismo simplista y consiste en creer que por contar  una parte de la realidad estás negando la otra.  Es el mecanismo por el cual  si haces un buen trabajo en la cobertura de la campaña electoral de Urkullu automáticamente eres un “morroi” (sirviente) del PNV, si hablas con familiares de presos de ETA acerca de su sufrimiento y el de sus familias eres un cómplice equidistante de la violencia terrorista, si felicitas al Athletic por llegar a una final europea eres un vendido “a los chimbos”  o si alabas la inteligencia política de Rajoy en la gestión de últimos resultados electorales te convierte inmediatamente en un sospechoso españolazo de derechas.

El mecanismo es -me temo-  hijo de esta época. Queremos cosas simples, rápidas, queremos entender de inmediato y sin esfuerzo y para ello hemos puesto en marcha  140 caracteres y basta,  noticias que no pueden durar más de un minuto, periodismo de titulares “porque lo otro es muy complicado y la gente desconecta”. Hemos acuñado frases que nos facilitan mucho la vida como  “los políticos roban”, “los periodistas manipulan”, “la Guardia Civil tortura”  (o “ya no tortura”) o “la juventud vasca está enferma de odio”. No son mentiras. Tampoco  verdades. Son simplificaciones y resultan tan cómodas y adictivas para desenvolvernos a toda prisa que cuando alguien nos plantea lo contrario nos parece inaceptable y nos provoca un rechazo visceral. A mi también me pasa  pero me estoy quitando. Me voy haciendo mayor y ya hay cosas que no me dan tanto miedo. Reconocer mis limitaciones y entre ellas mi  incapacidad para ver la realidad en toda su complejidad es una de esas cosas que ya no me asustan tanto como antes.

Voy acabando.  Creo que no es solo que las categorías las cargan Kant y  el Diablo y que las cosas no son blanco o negro. Es aun más difícil. A menudo son blanco y negro a la vez.

En 23 años de profesión he entrevistado a algunos héroes y a algún villano, a algún genio y  a bastantes farsantes, a algún nazi y a algún demócrata sin mácula…pero han sido personas excepcionales. En el resto de los casos, en la mayoría de las ocasiones,  he tenido la sensación de que en las personas que me contaban sus historias para que yo pudiese entender y contar después “la realidad”  cohabitaban simultáneamente la verdad y la mentira, lo blanco y lo negro, la coherencia y la contradicción. Desde luego a mí me pasa. Desconozco si ocurrirá lo mismo con  las moléculas de aluminio. Se lo tengo que preguntar a mi amigo.

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Acerca de JUAN CARLOS ETXEBERRIA

Periodista vasco. Trabajo actualmente en los servicios informativos de Euskal Telebista (ETB) elaborando reportajes para los informativos Gaur Egun y Teleberri
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