Los Papalagis (1)

Hace unos años llegó a mis manos esta historia. Recuerdo que la leí sin poder borrar la sonrisa de los labios. Un europeo llamado Erich Scheurmann conoce a un jefe Samoano del Pacífico Sur. El samoano lo acompaña a un largo viaje por Europa.  Cuando  regresa a su tierra explica a sus compatriotas como son los Papalagi u hombres blancos, o sea, nosotros.

Ni entonces ni ahora me he preocupado por comprobar la veracidad de la historia ambientada a comienzos del siglo XX. Es lo de menos. El relato es una delicia y nos coloca ante algunos de los muchos absurdos y contradicciones sobre los que hemos construido nuestra Civilización, asi, en mayúsculas. Yo no reniego de ello, pero me parece saludable mirarlo con otros ojos, sean los de un jefe samoano o los de un agudo escritor contemporaneo. 

Esta mañana, por supuesto via internet, he vuelto a reencontrarme con esta historia y quiero compartirla con vosotros. Hoy cuelgo dos capítulos. Habrá mas.

Con todos vosotros: los papalagis

Papalagis

Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe Samoano


 

LOS PAPALAGI son una colección de discursos escritos por un jefe del Pacífico Sur, Tuiavii de Tiavea, y destinados a su gente. Aparecieron por primera vez en una edición alemana durante la segunda década de este siglo, en una traducción realizada por su amigo Erich Scheurmann.

Erich Scheurmann los arregló para que su editorial, De Voortgank, los publicara en lengua holandesa en 1929.

Al leerlo se debe tener en cuenta que está compuesto de discursos dirigidos a los nativos de las islas del Mar del Sur, que habían tenido todavía pocos o ningún contacto con la civilización del hombre blanco.

En la preparación de esta edición se ha seguido el texto holandés de 1929 y la traducción inglesa de Martín Beumer; a pesar de las faltas de ortografía y de estilo, inevitables en las distintas versiones del original samoano –no se ha podido encontrar la primera versión del alemán al holandés-, creemos que no le restarán amenidad y, por otro lado, no dañarán su claridad y originalidad.



 

COMO CUBREN LOS PAPALAGI  SU CARNE O SUS NUMEROSOS TAPARRABOS Y ESTERAS

 

 

  

Los Papalagi están siempre cavilando cómo cubrir su carne del mejor modo posible. Un blanco, que tenía mucha influencia y estaba considerado muy sabio, me dijo: «el cuerpo y todos sus miembros son carne; es a partir del cuello donde empieza la verdadera persona». Creía que sólo la parte del cuerpo que alberga con sus atributos buenos y malos merece nuestra atención, refiriéndose a la cabeza, naturalmente. Los blancos dejan descubierta la cabeza y algunas veces las manos. Sin embargo, la cabeza y las manos están hechas de carne. Quienes que muestran algo más de su carne no pueden alcanzar una perfecta imagen moral.

Cuando un joven toma a una mujer para que sea su esposa, no puede estar seguro de que le va a agradar, porque antes de esta ocasión nunca ha visto su cuerpo’. Cada muchacha cubre su cuerpo, aunque tenga la figura de la más bella Taopou2, de modo que nadie puede ver y disfrutar de tan espléndida visión. La carne es pecado. Esto es lo que los Papalagi dicen, porque para ellos sólo el espíritu cuenta. El brazo que se alza a la luz del sol para lanzar un venablo… es una flecha de pecado. El pecho al que las olas del aire envuelven, es una casa donde el pecado vive. Los miembros, con los que la doncella ofrece el siva3, son pecadores. Y con toda seguridad, aquellas partes del cuerpo dedicadas a hacer nueva gente y a deleitar al mundo con ellas, ¡están llenas de pecado! Todo lo que se considera carne es ur. pecado. Hay un veneno viviendo dentro de cada músculo, un veneno traidor que salta de una persona a otra. Aquellos que miran la carne absorben el veneno, son heridos por él y se convierten en seres tan depravados como los que la estaban enseñando. Esto es lo que la sagrada moral de los blancos nos dice.

Ésta es la razón por la que el cuerpo de los Papalagi va enteramente cubierto de taparrabos, esteras y pellejos de animales, tan herméticamente ajustados que ni siquiera un ojo humano ni los rayos del sol son capaces de penetrarlos, tan apretados que su cuerpo se vuelve de un blanco descolorido y parece cansado como una flor que crece en el bosque bajo pesados árboles.

¡Oíd cuán pesadas cargas lleva un solo Papalagi en su cuerpo, vosotros hermanos, los más elegantes de muchas islas! Para empezar, el cuerpo desnudo se envuelve con una piel blanca y gruesa, hecha de las fibras de una planta, y llamada sobrepiel. Se lanza arriba al aire, y luego se deja caer deslizándola hacia abajo por la cabeza, el pecho por encima de los brazos hasta las caderas. De abajo a arriba, desde las piernas y caderas hasta el ombligo, se lleva otra de estas sobrepieles (camisetas). Estas dos pieles están cubiertas por una tercera que es más gruesa. Una piel tejida con los pelos lanosos de un animal de cuatro patas, especialmente criado para este propósito. Esto es el verdadero taparrabos. Usualmente se compone de tres partes: la primera cubre la parte superior del cuerpo; la segunda, la sección media; y la tercera, las caderas y las piernas. Las tres partes están unidas por

conchas y cuerdas hechas con savia seca del árbol del caucho, por eso dan la impresión de ser una sola pieza. Normalmente este taparrabos tiene el tono la gris de la laguna durante el húmedo monzón. No puede ser nunca totalmente de colores, como máximo la parte media, y entonces sólo la lleva la gente que tiene mala reputación y a la que le gusta perseguir al otro sexo.

Finalmente, alrededor de los pies se atan una piel tal moldeable como recia. Normalmente la piel suave es elástica y se moldea bien a la forma del pie, pero la dura no lo hace en absoluto. Están hechas de gruesos pellejos de animal que han sido puestos en remojo, deshollados con navaja, golpeados y colgados al sol tanto tiempo que se han endurecido y curtido. Usando esto, los Papalagi construyen una especie de canoa con los lados altos, lo suficientemente grande para que el pie se ajuste. Una canoa para el pie izquierdo y otra para el derecho. Estos pequeños «piesbarcos» están sujetos alrededor de los tobillos con cuerdas y garfios para contener el pie dentro de una fuerte cápsula, como el caracol en su casa. Los Papalagi llevan estas pieles desde el amanecer al ocaso, los llevan incluso de malaga4 y cuando bailan, los llevan incluso cuando hace tanto calor como antes de una tormenta de lluvia tropical.

Esto va contra la naturaleza y también lo entiende así el hombre blanco; cansa sus pies hasta que parecen muertos y apestados, y como que han perdido la habilidad de agarrar cosas o de trepar a los árboles, los Papalagi tratan de esconder su vergüenza embadurnando el pellejo animal, que originalmente parecía rojo, con una especie de grasa que lo hace brillar después de extenderla frotando. Resplandecen con tanto brillo que a duras penas pueden los ojos soportar el destello y tienen que desviar la mirada.

Vivió una vez allí, en Europa, un Papalagi que se hizo famoso y al que mucha gente acudía porque les decía que no era bueno llevar estos pellejos ajustados y pesados alrededor de los pies; en cambio caminar descalzo bajo el cielo abierto, mientras el rocío de la noche todavía yace sobre los campos, hace que todas las enfermedades desaparezcan de ti. Ese hombre era muy sabio y de muy buena salud, pero la gente se rió de él y pronto fue olvidado.

Al igual que el hombre, la mujer también lleva esteras y taparrabos ajustados a su cuerpo y tobillos; por eso su piel está llena de cicatrices y cardenales. Sus senos se han vuelto fláccidos por la presión de una estera que atan alrededor del pecho, desde la garganta hasta la parte baja del cuerpo y también alrededor de la espalda, con un apuntalamiento suplementario de espinas de pescado, alambre de hierro y cuerdas. La mayoría de las madres dan a sus hijos leche de un tubo de vidrio que se cierra por la parte de abajo y que tiene una tetilla artificial sujeta a la parte superior. Y no siempre dan su propia leche, sino la leche de un animal feo con cuernos que ha sido sacada tirando fuertemente de sus cuatro pezones del vientre.

Sin embargo, es común que los taparrabos de las hembras sean más finos que los de los machos, y con más colorido y atractivo. Algunas veces se permite que la carne de los brazos y de la garganta asome, enseñando de este modo más carne que los machos. No obstante, se considera virtuoso que una chica se mantenga completamente cubierta y entonces la gente dice: «ella es casta», lo que significa que sigue las reglas del comportamiento decente.

Por esto nunca he entendido por qué está permitido que mujeres y muchachas muestren la carne de sus espaldas y cuello en las grandes fonos’ sin caer en desgracia. Quizás en ello resida la gran atención de la fiesta, en que las cosas que han estado prohibidas todo el tiempo, se permiten ahora. Los hombres siempre mantienen sus torsos y cuellos completamente cubiertos. Desde sus gargantas hasta sus pectorales, los alii6 llevan un taparrabos enyesado del tamaño de un aro blanco, también atiesado con yeso, y arrollado al cuello. A través del aro, él hace salir una pieza de tela con colores doblada como la cuerda de un bote; está atravesada por una aguja de oro o una perla, y cuelga a lo largo del escudo blanco. Muchos Papalagi también llevan aros de yeso alrededor de las muñecas, pero nunca en los tobillos.

Este escudo y aros blancos son muy importantes. ¡Un Papalagi nunca se presentaría ante una mujer sin sus ornamentos en el cuello! Si ese aro se volviera sucio y no brillase, sería aún peor. Por esa razón los alii de alta cuna cambian sus corazas y anillos de yeso cada día.

Por su parte, la mujer tiene muchas ropas de todos los colores, a menudo llenando un gran número de canastas, y la mayoría de sus pensamientos están dedicados a la elección de qué taparrabos llevar y cuándo, si debe llevar uno largo o uno corto, y habla apasionadamente sobre los abalorios que supone van de acuerdo con la prenda; el hombre sólo tiene un traje de fiesta y rara vez habla sobre él. Éste es el llamado ropaje del pájaro: un largo taparrabos negro que mengua en un punto de la espalda, como el rabo de un loro en la selva7. Con este traje ceremonial, las manos también tienen que ser cubiertas con pieles blancas, pieles que han de ser metidas en los dedos y están tan ajustadas que hacen que la sangre se encienda y hormiguee en la cabeza. A los hombres inteligentes se les permite, por consiguiente, llevarlos en una mano o ponerlos en el taparrabos cercano a la glándula del pecho.

Cuando un hombre o una mujer dejan su choza y salen a la calle, se envuelven en otra ropa muy ancha, que puede ser más gruesa o más fina, depende de cuánto brille el sol. Entonces cubren también sus cabezas. Los hombres, con un recipiente para beber, negro y rígido, que es redondo y hueco como los techos de nuestras chozas samoanas. Las mujeres llevan grandes cesterías de mimbre o canastas invertidas, plumas, tiras de tela, cuentas y otras clases de abalorios. Estos cubre-cabezas se parecen mucho al tuigas de una Taopou, excepto que son mucho más bellos y no se caen durante una tormenta o mientras se baila. Cuando se encuentran con alguien, los hombres blanden sus pequeñas cabezaschozas, mientras que las mujeres únicamente inclinan sus cargadas cabezas muy lentamente, como un bote que está sobrecargado.

Sólo por la noche, cuando el Papalagi va a la cama, se quita de verdad todos sus taparrabos, aunque sólo para reemplazarlos inmediatamente por otro que se abre por la parte de abajo y deja los pies desnudos. Por la noche usualmente las mujeres y muchachas llevan una tela que tiene preciosos bordados en el cuello, aunque rara vez se muestran mientras la llevan. Tan pronto como el Papalagi yace en su estera, se cubre hasta el cuello con las plumas del estómago de un gran pájaro, envueltas por una enorme pieza de tela que impide que vuelen esparciéndose. Estas plumas hacen sudar al cuerpo y contribuyen a que el Papalagi crea que yace al sol, aun cuando no brille en absoluto. Curiosamente por el verdadero sol tienen muy poco interés.

Se entiende fácilmente que haciendo todo esto el cuerpo de los Papalagi se vuelva de un blanco pálido y carezca del color de la alegría. Pero eso es lo que en realidad le gusta al hombre blanco. En especial las muchachas están continuamente alertas para proteger su piel de la gran luz que podría quemarla y enrojecerla. Tan pronto como salen al sol sostienen un gran toldo sobre su cabeza. ¡Como si la palidez de la luna fuera más bonita que el color del sol! Los Papalagi prefieren hacer estas cosas a su modo y están siempre redactando leyes para respaldar sus puntos de vista. Aunque sus narices sean tan agudas como los dientes del tiburón, ello no significa necesariamente que sean más bellas que nuestras narices, que son redondas y suaves. ¿Creemos que son feos porque pensamos de modo distinto sobre todo esto? Como los cuerpos de las mujeres y muchachas están siempre cubiertos, vive dentro de los hombres el profundo deseo de ver su carne. Algo que uno puede muy bien imaginar. Tienen eso en su mente día y noche, y hablan mucho del cuerpo femenino de tal modo que vosotros pensaríais cómo una cosa tan bella y natural puede ser pecado y debe esconderse en la oscuridad. Sólo si empezaran a enseñar esa carne podrían centrar su atención en otras cosas y sus ojos cesarían de murmurar palabras sucias cuando pasa una chica.

¿Podéis imaginar mayor locura, amigos míos que se considere la carne como un pecado, un aitu9? Si tuviéramos que creer al hombre blanco, compartiríamos su deseo de que nuestra came se convirtiera en lava congelada, sin el calor benéfico que brota del interior. Sin embargo, nosotros queremos seguir divirtiéndonos, seguir comunicándonos a través de nuestros cuerpos con el sol, guardando nuestra habilidad de correr como caballos salvajes, porque estamos desembarazados de taparrabos y no tenemos pielesprotege-pie que nos hagan retrasar los pasos y no nos preocupamos de las cubiertas cayendo de nuestras cabezas. Disfrutemos de la vista que nos ofrece una doncella esbelta de cuerpo y con los miembros brillando al sol, o también bajo la luna. El hombre blanco que tiene que cubrirse tanto para esconder su vergüenza está loco, ciego y no siente los verdaderos placeres de la vida.

(1) Aun después de convertirse en su mujer, raras veces se muestra a sí misma, y, cuando lo hace, es por la noche o en la penumbra. (Nota de Tuiavii.)

(2) Reina de Mayo.

(3) Danza nativa.

(4) De viaje.

(5) Festividades.

(6) Caballeros.

(7) Traje formal de noche.

(8) Gran pañuelo para la cabeza.

(9) Espíritu maligno, demonio.


 


CANASTAS DE PIEDRA, ISLAS DE PIEDRA, GRIETAS

Y LAS COSAS QUE HAY EN ELLAS

 

os Papalagi viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos.

Sólo por un punto puedes entrar y abandonar estas moradas. Los Papalagi llaman a este punto la entrada cuando se usa para entrar en la cabaña y la salida cuando se deja, aunque es el mismo y único punto. Atada a este punto hay un ala de madera enorme’ que uno debe empujar fuertemente hacia un lado para poder entrar. Pero esto es sólo el principio; muchas alas de madera tienen que ser empujadas antes de encontrar la que verdaderamente da al interior de la choza.

En la mayoría de estas cabañas vive más gente que en un poblado entero de Samoa. Por consiguiente, cuando devuelves a alguien la visita, debes saber el nombre exacto de la aigal que quieres ver, ya que cada aiga tiene su parte propia en la canasta de piedra para vivir: la superior o la inferior, la central o la de la derecha, la izquierda o la de enfrente. A menudo, un aiga no sabe nada de la otra aiga, aunque sólo estén separadas por una pared de piedra y no por Manono, Apolina o Sauaii2.

Generalmente, apenas conocen los nombres de los otros y cuando se encuentran en el agujero por el que pasan furtivamente, se saludan con un corto movimiento de la cabeza o gruñen como insectos hostiles, como si estuvieran enfadados por vivir tan cerca.

Cuando un aiga vive en la parte más alta de todo, justo debajo del tejado de la choza, el que quiera visitarlos debe escalar muchas ramas que conducen arriba, en círculo o en zig-zag, hasta que se llega a un sitio donde el nombre de la aiga está escrito en la pared. Entonces, ve delante de sus ojos una elegante imitación de una glándula pectoral femenina, que cuando la aprieta emite un grito que llama a la aiga. La oiga mira por un pequeño atisbadero para ver si es un enemigo el que ha tocado la glándula; en ese caso, no abrirá. Pero si ve a un amigo, desata el ala de madera y abre de un tirón. Así el invitado puede entrar en la verdadera cabaña a través de la abertura.

Incluso esta cabaña está dividida por paredes de piedra en pequeños cubículos. Para pasar de una parte a otra, entras en cubículos cada vez más pequeños. Cada cubículo, llamado habitación por los Papalagi, tiene un agujero en la pared, y los mayores a veces tienen dos o tres para dejar pasar la luz. Estos agujeros están tapados con una pieza de vidrio que puede ser movida cuando ha de entrar aire fresco en la habitación, lo cual es muy necesario. Hay también muchos cubículos sin agujeros para la luz y el aire.

La gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque no hay nunca una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las chozas-cocina tampoco pueden salir. La mayor parte del tiempo el aire que viene de afuera no es mucho mejor. Es difícil entender que la gente sobreviva en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco. Pero los Papalagi son muy aficionados a sus canastas de piedra y ni siquiera sienten lo malas que son.

Cada cubículo tiene su propia función. El mayor y mejor iluminado sirve a la familia para el fono3 y la recepción de invitados, y otro cuarto está reservado para dormir. Allí yacen las esteras para dormir, o mejor dicho, están extendidas sobre un andamiaje de madera que se levanta sobre altas patas, de modo que el aire circula bajo las esteras. Un tercer cubículo se usa para ingerir comida y producir olas de humo. En el cuarto se guarda la comida, el quinto está usado para su preparación y el último cubículo, el más pequeño, se usa para bañarse. Ésta es la habitación más bonita. En las paredes están colgados espejos, el suelo está decorado con llamativas baldosas y en el centro se yergue un enorme recipiente, hecho de metal o piedra y lleno de agua, caldeada o no. A este recipiente, quizá más grande que la tumba de un rey, sube el Papalagi para lavarse y quitarse las arenas de las canastas de piedra. Naturalmente hay canastas con incluso más cubículos. En algunas cada niño tiene también su propio criado, e incluso sus perros y caballos.

Entre estas canastas, los Papalagi pasan su vida entera. Ahora en una canasta, después en otra, dependiendo de la posición del sol. Sus ni-. ños crecen en el interior de estas canastas, por encima del suelo, más arriba que la palmera más alta. De vez en cuando los Papalagi dejan sus canastas privadas, como ellos las llaman, para ir a una canasta donde hacen sus trabajos y no quieren ser molestados por la presencia de esposa y niños. Mientras tanto, las mujeres y las muchachas están atareadas en la cabaña-cocina preparando los platos, abrillantando las pieles de los pies o lavando taparrabos. Cuando son lo suficientemente ricos para mantener criados, entonces éstos hacen el trabajo, mientras ellos van devolviendo visitas o salen a comprar comida fresca.

Tanta gente como hay viviendo en Samoa, vive de este modo en Europa, y quizás incluso más. Con todo, hay poca gente que anhele el sol, la luz y los bosques, pero como norma esto se considera una enfermedad contra la cual uno tiene que defenderse. Cuando uno se siente infeliz en esta vida pedregosa, los demás dicen que no es natural, con lo que dan a entender que él no sabe lo que Dios ha querido que fuera.

Actualmente estas canastas se yerguen a menudo unas cerca de otras, en enormes cantidades, ni siquiera separadas por una palmera o un arbusto, como la gente de pie, hombro contra hombro. Dentro de cada canasta vive tanta gente como habitantes hay en un pueblo entero de Samoa. Y directamente enfrente, sólo a un tiro de piedra, una segunda fila de canastas aparece, también hombro contra hombro y con gente viviendo en su interior. Por consiguiente, entre las dos filas hay apenas una grieta estrecha que los Papalagi llaman calle. Algunas veces estas grietas son tan largas como ríos y están cubiertas de duras piedras. Uno tiene que andar hasta muy lejos para encontrar un lugar abierto, y en este lugar abierto confluyen muchas otras grietas. Éstas también son largas como riachuelos de agua fresca e intercomunicadas por grietas de igual longitud. Durante días sin fin puedes caminar por estas grietas sin salir a un bosque o ver un poco de cielo azul. Mirando hacia arriba desde estas grietas, difícilmente puedes ver un poco de espacio claro, porque dentro de cada choza arde como mínimo un fuego y la mayor parte del tiempo muchos a la vez. Por eso los firmamentos están siempre llenos de humos y cenizas, como después de una erupción del volcán en Sauaü. Las cenizas llueven sobre las grietas, por eso las canastas de piedra han tomado el color del barro de los pantanos de mangle y la gente tiene hollín negro en el ojo y el pelo, y arena entre los dientes.

A pesar de todo, los Papalagi caminan entre estas grietas desde la mañana hasta la noche. Hay algunos que incluso lo hacen con cierta pasión. He visto grietas en las que había agitación todo el tiempo y por las que una masa de gente fluía como grueso estiércol húmedo. Han construido en estas calles enormes cajas de cristal en las que toda clase de cosas están expuestas, cosas que el Papalagi necesita para vivir: taparrabos, pieles para pies y manos, ornamentos para la cabeza, cosas de comer, carne y también frutas reales y legumbres, y muchas otras cosas más. Estas cosas están expuestas para que todo el mundo puede verlas y además aparecen muy tentadoras. Pero no se permite a nadie coger nada de allí, aunque lo necesite con urgencia, hasta después de pedir permiso y de hacer un sacrificio.

Hay muchas grietas en las que el peligro acecha por todas partes, porque la gente no sólo camina una contra otra, sino que se embisten también desde dentro de enormes cajas de vidrio que se deslizan en correderas de metal. Hay un ruido tremendo. Nuestras orejas empiezan a silbar a causa de los caballos que golpean el pavimento con sus pezuñas y de la gente que patea con fuerza con sus pieles de los pies; a causa de los niños berreando y de los hombres chillando. Y todos ellos gritan, por alegría o por miedo. Es imposible hacerte oír, a menos de que grites tú también. Hay un repiqueteo, retumbar, crujir y aporrear continuo, como si estuvieras de pie ante los acantilados de Sauaü durante una gran tormenta. Pero ese ruido al menos es agradable y no te roba la voz como sucede con el ruido de estas grietas de piedra.

Estas canastas de piedra con toda esa gente, estas profundas grietas de piedra entrelazándose como largos ríos, la actividad febril y el movimiento, el humo negro y la suciedad flotando en lo alto sin un simple árbol, sin una mancha de cielo azul o bellas nubes, todo esto junto es llamado «ciudad» por los Papalagi. La ciudad es su creación y su orgullo. La gente que está viviendo allí no ha visto nunca un árbol o un bosque, jamás han visto el cielo claro ni han encontrado al Gran Espíritu cara a cara, son gente que vive omo los reptiles en las lagunas o en los arrecifes de coral, aunque estos animales, al menos, son bañados por la clara agua del mar y besados por los labios cálidos de los rayos del sol. ¿Están los Papalagi orgullosos de haber reunido tanta piedra? No lo sé. Los Papalagi son gente con gustos raros. Sin ninguna razón en especial, hacen toda clase de cosas que les ponen enfermos, pero aún se sienten orgullosos de ellas y cantan odas a su propia gloria.

Así llaman ciudad a lo que he descrito. Y hay muchas ciudades semejantes, pequeñas y grandes. En la más grande vive uno de los jefes del país. Las ciudades están dispersas sobre las tierras, como nuestras islas están dispersas en el mar. Algunas veces no hay más que la distancia de un baño entrE ellas, otras veces un día de viaje. Todas estas islas de piedra están muy bien comunicadas por caminos. Pero también puedes viajar en un barco de tierra, largo y estrecho como un gusano, despidiendo humo todo el tiempo y deslizándose muy rápido sobre caminos de hierro, más rápido que una canoa con doce hombres remando al límite de velocidad. Pero si quieres llamar a un «tafola», a un amigo que está lejos, no necesitas caminar o desplazarte hasta él, puedes soplar tus palabras en una cuerda de metal que corre entre una isla de piedra y otra como una larga enredadera. Más rápido de lo que un pájaro puede volar llegarán a su destino.

Entre estas islas de piedras se encuentra la verdadera tierra llamada Europa. Fuera de allí, hay regiones tan bellas y fértiles como nuestras islas, donde hay pájaros, ríos y bosques y también pueblos de verdad.

En estos pueblos vive otra gente que en las ciudades, gente de carácter diferente. Se les llama gente de campo. Tienen manos más grandes y taparrabos más sucios. Su vida es mucho más saludable y hermosa que la de la gente de las grietas, pero no se dan cuenta. Están celosos de la gente de la ciudad, a los que llaman huesos gandules porque no trabajan la tierra, ni plantan las frutas o las recogen. Viven en animosidad unos contra otros porque tienen que darles comida de sus tierras, coger las frutas para que la gente de las grietas se las coma y criar y cuidar al ganado hasta que haya engordado y entonces compartirlo con los otros. Naturalmente, es difícil proveer a toda esa gente de la ciudad de comida y no entienden, con razón, por qué esos huesos-gandules llevan taparrabos más limpios y por qué tienen manos más bellas y blancas que ellos, y por qué no tienen que sudar al sol y tiritar en la fría lluvia.

A la gente de las grietas no les importa mucho todo esto. Están convencidos de que tienen más derechos que la gente del campo y de que su trabajo es más importante que plantar legumbres en la tierra. A pesar de todo, este conflicto entre los Papalagi no es lo suficientemente serio para acabar en guerra. Pero ya vivan en el campo o en las grietas, a los Papalagi les gustan en general las cosas tal como son. El hombre del campo admira las viviendas de la gente de las grietas cuando ocasionalmente va allí, y la gente de las grietas gorgea y canta todo su poderío cuando pasa por un pueblo. La gente de las grietas permite a la gente del campo cebar sus cerdos artificialmente, y la gente del campo les deja construir sus canastas de piedra y regocijarse en ello.

Pero nosotros, niños libres del sol y de la luz, permaneceremos leales al Gran Espíritu y no oprimiremos nuestros corazones con piedras pesadas. Sólo gente enferma y perdida que se ha alejado de la mano de Dios puede vivir en grietas, donde el sol, el viento y la luz no pueden entrar. Con placer dejamos al Papalagi su dudosa felicidad, pero nos defenderemos contra sus esfuerzos de construir canastas de piedra también en nuestro soleado país y de matar la alegría de la vida con rocas, grietas, suciedad, ruido, humo y polvo, como es su intención.

(1) Familia.

(2) Tres islas pertenecientes al grupo de Samoa.

(3) Salutaciones.


 

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Acerca de JUAN CARLOS ETXEBERRIA

Periodista vasco. Trabajo actualmente en los servicios informativos de Euskal Telebista (ETB) elaborando reportajes para los informativos Gaur Egun y Teleberri
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4 respuestas a Los Papalagis (1)

  1. Julitxu dijo:

    -En formato folio, fotocopiado, encuadernado con espiral de alambre….así es el mío. Y está para mí, entre los mejores libros que he leído. …todo un documental, la descripción exacta de lo que somos.

  2. Edu Araujo dijo:

    Hace bastantes años la revista Integral publicó el relato en un “librillo” que la acompañaba. Creo recordar que estaba ilustrado. ¡Es una lectura que no pasa de moda!.

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