Capítulo 17. Hilitos de plastilina

        En un lluvioso 13 de noviembre, un año más tarde, un teletipo fechado en Galicia me llamó la atención poco antes de las 5 de la tarde.

          -Julio, hay un petrolero a la deriva frente a la costa de   Galicia.Te he sacado un teletipo.

          -Vale, déjalo ahí.

Esa noche en el Teleberri 2 lo mencionaron de pasada  pero la noticia empezó a coger cuerpo al día siguiente. Un fortísimo temporal azotaba Galicia, el petrolero se llamaba Prestige y las autoridades no terminaban de aclararse si era conveniente acercarlo a la costa o alejarlo de ella.

Mientras se decidían el barco perdía miles de toneladas de fuel (llevaba 77.000 en sus bodegas) y resistía como podía el embate de las olas. 

Otamendi tuvo reflejos y mando de inmediato a Laida Basurto a Galicia. Laida llego 3 días antes de que el Prestige se partiera en dos y  nos fue contando el cúmulo de decisiones contradictorias que autoridades políticas y marítimas de Galicia y Madrid fueron tomando hasta que, el 19 de noviembre, a 250 kilómetros de la Costa da Morte, el barco se partió en dos y se fue a pique como una lata vieja.

 Laida siguió con sus crónicas y reportajes. Hizo un gran trabajo. Nos habló de cómo las autoridades echaban balones fuera, minimizaban el impacto de la marea negra que se aproximaba a la costa y trataban de aparentar que tenían la situación controlada.

Laida necesitaba relevo o por lo menos apoyo porque desde el comienzo del desastre estaba trabajando para los dos informativos, tarde y noche, 7 días a la semana. Otamendi me llamó a finales de noviembre.

         -Liberamos a Laida de hacer directos. Tú te encargas de ellos para que ella pueda moverse con más libertad e incluso descansar algún día.

Llegué a Galicia el 3 de diciembre.

Aterricé a primera hora de la mañana en Santiago y rápidamente me fui hacia Aguiño, un pequeño pueblo a la entrada de la Ría de Arousa, uno de los criaderos de marisco más importantes de España. Cuando llegamos, a eso de las 11 y media,  unas 200 personas pululaban en torno a la cofradía de pescadores. Esperaban a los barcos que -aprovechando la mejoría del tiempo- habían salido unas millas mar adentro para tratar de recoger parte del fuel que se aproximaba  la costa.

Los pescadores no son muy amigos de hablar con desconocidos. Si esos pescadores son  gallegos, y lo digo con todo el cariño, multiplicamos por dos las dificultades. Me di cuenta que acercarse libreta en mano a la cofradía sólo servía para ser saeteado por decenas de miradas desconfiadas. Horas más tarde entendería mejor el porqué de esa desconfianza. Por allí apareció también Hilario Pino, de Tele5, pero no consiguió mucha más información que nosotros. Los barcos habían salido pero nadie nos confirmaba ni cuántos ni con cuánta gente ni cuándo volverían. A las 15:00 conté en directo lo poco que sabía.

A eso de las 5 de la tarde las preguntas empezaron a ser innecesarias. Los vecinos de Aguiño comenzaron a concentarse en el espigón de entrada al puerto

        -Ya vienen, ya vienen…

Primero fue uno, luego tres más…y en media hora todo el puerto se llenó de barcos pesqueros que llegaban literalmente hundidos de chapapote. Las mejilloneras, pequeñas barcazas anchas de unos 7 metros de eslora habían salido a la mar cargadas con los grandes contenedores de plástico en los que habitualmente se coloca el hielo para el pescado. El color blanco de esos recipientes hacia resaltar aún más lo que contenían en esta ocasión: petróleo.  A bordo de los barcos más grandes había incluso containers de obra. En su desesperación por dotar a los barcos de receptáculos para recoger el chapapote,  los pescadores no habían reparado en que una vez en puerto los containers de metal resultaban muy difíciles de trasladar a tierra porque al izarlos con grúas todo el petróleo resbalaba por los  laterales inclinados  de los contenedores de obra y terminaba cayendo al agua . Además aquellos containeer tenían que pesar más de mil kilos cada uno. Las grúas del puerto no daban abasto.

Los monos de pesca de aquella gente habían dejado de ser verdes o amarillos para convertirse en negros. Los cascos de las embarcaciones presentaban  enormes manchas de fuel oil que, según decían, iban a ser casi imposibles de quitar. Se hizo de noche y volvieron el frío y la lluvia pero allí nadie se retiró. Cientos de personas estuvieron hasta las 10 y media de la noche, más de 5 horas, trabajando sin parar para descargar todo aquella porquería

Yo nunca había visto nada así y por supuesto no tenía experiencia previa en nada parecido. En esos casos lo mejor es ver, oir y callar. Escuchando las conversaciones de la gente -no las de micrófono en mano sino las que  sobresalían del frenético murmullo de aquel puerto-  pronto me di cuenta de que aquello iba a ser la ruina para cientos de familias. Así lo dije en el directo de las 9 de la noche. Los pocos pescadores que no trabajaban en la descarga hacían corro cerca de las seis  ó  siete cámaras que se habían desplegado en el puerto para informar en directo.

Terminé el directo, me despedí de los cámaras, recogí papeles y bártulos y entré al bar del puerto a tomar algo caliente. Un parroquiano me abordó:

        -Le escuché lo que dijo. Por lo menos no mintió.

        -…¿?

       -Es que estamos hartos de periodistas que dicen que no pasa nada. Joder, claro que pasa.

        -Hombre…no hay más que ver lo que ha ocurrido aquí esta tarde.

        -Ya, ya…pero la TVG no informó de esto.

Entonces entendí mejor ciertas miradas de desconfianza que había percibido en la cofradía. Por una vez el logo de ETB me abría puertas en vez de cerrarlas. Estuve hablando con aquel hombre un largo rato.

Regresamos muy tarde a nuestro hotel de Santiago pero aún así salimos a tomar algo con Dani Alvarez hoy director del Boulevard de Radio Euskadi. Sus raíces gallegas le hacían estar aun más indignado por todo aquello. Habíamos visto a todo un pueblo echándose a la mar para defender su modo de vida mientras sus gobernantes seguían dando ruedas de prensa negando la mayor y dudando de la gravedad de la marea negra. Lo de Aguiño fue lo que vimos, pero luego supimos que la escena se repitió en otros muchos puertos de la Costa da Morte y en ningún caso las autoridades dieron apoyo o coordinación a los pescadores que -ante la pasividad del poder oficial- arriesgaron sus barcos y su integridad física para proteger su madre,  la Ría de Arousa.

Al día siguiente nos dijeron que la gran mancha del Prestige se movía hacia el sur y que seguía amenazando la Ría,  así que cruzamos al otro lado. Recorrimos varios pueblos sin encontrar movimiento hasta que un vecino nos dijo:

      -Los barcos que salieron descargarán en O Grove. En Porto Meloso.

Cuando llegamos la descarga ya había comenzado. Era muy parecida a lo de Agiño pero multiplicada por tres y con el agravante de que Porto Meloso es uno de los lugares más bonitos que he visto en mi vida. Ese día, en cambio, parecía un vertedero.  Decenas de contenedores supuraban petróleo y todo el suelo del puerto era un gran charco de fuel oil. Hasta los barcos más pequeños y turísticos habían salido a la boca de la ría para tratar de recoger las enormes manchas que se continuaban  aproximándose. Los nervios entre los pescadores estaban a flor de piel y lo pagó un equipo de TVG al que un hombretón de casi dos metros, vestido con un mono verde pringado de fuel le destrozó la cámara de un manotazo. Después el gigantón rompió a llorar como un crio.

 Ese mismo día un periodista gallego me había dicho:

      -Vosotros que podéis, contad lo que está pasando aquí.

En aquel momento me acordé de muchas cosas que ocurren en Euskadi y que los periodistas vascos no contamos.  El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra…

En los directos de la noche, también desde O Grove quedó aun más patente la desinformación que algunos medios difundieron en aquellos días. Algunos vecinos salieron de sus casas, probablemente empujados por la curiosidad de ver a tanto periodista, algunos  famosos, dando vueltas por allí pero también en busca de información de primera mano. En O Grove estuvimos (si la memoria no me falla)  TVG, TVE, TV3, Tele 5 (con Angels Barceló) y nosotros. Letizia,  nuestra conocida de la azotea del Embassy de Nueva York,  también anduvo por allí esos días, pero esta vez no coincidimos

A TVE, TVG y TV3 les dejaron en paz, bien porque no se fiaban de ellos o porque -en el caso de los catalanes-  no les entendían del todo. La Barceló  y un servidor tuvimos que hacer las conexiones mientras el público local que rodeaba nuestras posiciones de directo aprobaba o desaprobaba lo que decíamos con cuchicheos y movimientos de cabeza.

Esa noche volvimos al hotel de Santiago tan cansados y sucios que nos fuimos directamente a ducha y poco después a la cama. Todavía conservo la carta del subdirector  del hotel (Prestige-Carta)  que encontré al día siguiente en mi habitación rogándome encarecidamente que nos descalzásemos en la puerta del edificio y que él mismo nos facilitaría unas zapatillas pero que, por favor, no volviésemos a pisar la moqueta de su hotel con aquellos zapatos chorreantes de chapapote.  Después de todo aquello, después de haber visto saltar olas de petróleo sobre el paseo marítimo de Muxía, después de la frase del entonces vicepresidente Mariano Rajoy (“Se piensa que el fuel esta enfriándose. Salen unos pequeños hilitos, hay 4 en concreto, regueros solidificados con aspecto de plastilina”), después de haber masticado el cabreo de la gente,  yo estaba convencido que en las elecciones municipales de mayo del 2003 el PP sufriría todo un descalabro electoral en Galicia.

Error. Millones de euros y millones de promesas a la gente de los pueblos más afectados –no encuentro otra explicación- sirvieron para paliar el desastre y de paso para que el incendiario Nunca Mais que prendió en  Galicia en esos días quedase convertido en tímidas e inofensivas brasas. De hecho, en los pueblos de la costa ganó el PP y solo retrocedió en las grandes ciudades.

Un año después volví a Galicia por las mismas fechas. La tele me estaba convirtiendo en especialista en aniversarios. Durante 3 días recorrí las costas más afectadas y pude comprobar que apenas quedaban restos de la marea negra…a simple vista. También se reforzó mi impresión de que en los 12 meses que fueron de diciembre del 2002 al 2003 en Galicia se compraron muchas voluntades.

El caso más extremo fue el de Muxia. En la población icono de la catástrofe donde el chapapote llego con tanta violencia que hasta las fachadas de las casas del paseo marítimo aparecieron con salpicaduras negras,  nos dimos cita, un año después,  no menos de 5 unidades móviles de televisión. Estaban Antena 3, Canal +, TVE, Tele5 y TVG, esta última ofreciendo servicio a todas las televisiones autonómicas.

Todos los camiones con sus antenas parabólicas se colocaron junto a la playa en un despliegue espectacular. Pues bien, entre las 12 del mediodía  y las 3 de la tarde nadie,  y cuando digo  nadie es nadie, se acercó a preguntar, a curiosear, a dejarse ver. Ni siquiera los niños, pesadilla de todo reportero con su inevitable afán por dar saltos y hacer muecas tras la cámara, aparecieron aquella mañana. Ni los jubilados que siempre miran por encima de tu hombro mientas escribes tu crónica y acaban preguntando “¿esto a qué hora sale?”. 

NADIE. Ni un alma. Todas las persianas de las casas del paseo marítimo estuvieron bajadas, todas las puertas cerradas. ¿Estaba Muxia harta de tanta atención mediática? ¿Estaba ya cansada de ser sinónimo de desastre natural? ¿Había algo de mala conciencia que empujaba a sus vecinos a quedarse en sus casas para no tener que responder a las impertinentes preguntas de siempre: “¿cómo recuerda el desastre?, ¿está conforme con la ayuda y el apoyo que han recibido?” ¿”le sorprendió que el PP ganase las municipales en Muxia?”, etc…

Fueron  preguntas sin respuesta. Ni siquiera en la fonda del pueblo, ya sin micrófonos o cámaras delante, nadie quiso hablarnos del tema.

El paseo marítimo, un año antes cubierto de porquería, lucía un aspecto impoluto. Abajo, las rocas que toda España había visto negras, brillaban con su color natural salpicadas por el agua helada del Atlántico. Yo soy de Donostia, del barrio de El Antiguo, junto a la playa de Ondarreta, así que he andado cientos de veces entre rocas buscando kiskilas (camarones),  karrakelas (bígaros) o nécoras. La marea estaba bastante baja y me adentré unos 30 metros entre las piedras. Apenas tenían algas pegadas. Las habían lavado con pistolas de agua a presión para despojarlas del chapapote. Me agaché, levanté una piedra ovalada del tamaño de la palma de mi mano y le di la vuelta. Estaba negra como un tizón. Negra de petróleo todavía –un año después- fresco. Para no mancharme la envolví  con un folio que llevaba en la carpeta y regresé a la playa. Aquella piedra era la síntesis del legado del Prestige: ya no se veía suciedad, pero bastaba con mirar debajo de las alfombras. Una normalidad “para salir en la tele”,  una recuperación sólo superficial. El reloj marcaba las 14:40.

20 minutos después abrí el Teleberri desde aquella playa. Arranqué a duras penas porque el viento apenas me dejaba escuchar el audio que me llegaba por la “orejera”. Lo primero que enseñé fue aquella piedra y expliqué dónde la había encontrado. Durante el directo me puse perdido de petróleo. Semanas más tarde una amiga me contó que se le había hecho un nudo en la garganta cuando me vio allí  contando como media costa gallega escondía bajo una aparente normalidad las huellas de una gran catástrofe ecológica no resuelta. “Bien”, pensé. Era el mismo nudo que tenía yo y si había conseguido transmitirlo a través de una señal de televisión a 800 kilómetros de distancia es que estaba haciendo las cosas bien. Sí, aprendí mucho en Galicia.

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Acerca de JUAN CARLOS ETXEBERRIA

Periodista vasco. Trabajo actualmente en los servicios informativos de Euskal Telebista (ETB) elaborando reportajes para los informativos Gaur Egun y Teleberri
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6 respuestas a Capítulo 17. Hilitos de plastilina

  1. mendizorrotz dijo:

    Zelako onak kontakizunak Poto (atrebentzia ez bada ezizena erabiltzea ;-))! engantxa-engantxa eginda naukazu blogera, horrela jarraitu, interesgarria benetan kontatzen duzuna baina baita kontatzeko modua ere!!!

  2. Edu Araujo dijo:

    Un buen periodista (digo yo…) es aquel al que envían buscando respuestas y vuelve cargado de preguntas. Hay episodios de la Historia que retratan las miserias de los Pueblos mejor que Velázquez. Galicia tiene su Prestige y nosotros podríamos llenar una pinacoteca…
    Buena crónica otra vez!

  3. Estefanía dijo:

    Estupenda narración, Juan Carlos.

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