Capítulo 7. Ongi Etorri Iurretara

El viaje de novios es una de las pocas cosas que no voy a contar, así que saltamos hasta el 8 de julio de 1996.

Lo primero que hice fue bajar a Durango a comprar unas gafas. Me acompañó Lide Zubia, la jefa de producción de informativos.

          -(Urreta) Lide, bájate a Durango con Juancar y cómprale unas gafas.

A Lide, claro, no le hizo mucha gracia

        -Unas gafas…pero, ¿cómo unas gafas?…¿para qué? 

A producción no le va a extrañar que le pidas un enlace desde Pekín que cuesta 2.000 euros, pero si les pides unas gafas,  se mosquean.  Bien pensado, yo también me mosquearía.   

Bajamos a Durango

        -Pero, ¿tú necesitas gafas?

        -No, qué va.

        -Entonces…

         -Es que dice Urreta que tengo que parecer mayor

         -Ay ama…lo que hay que hacer.

Entramos en una óptica de Durango y como no sabíamos exactamente qué expectativas tenía Urreta, elegimos tres o cuatro  pares

        -Oye Lide…a mí me gustan esas…

        -Oiga, esas ¿Cuánto cuestan?

         -11.000 pesetas. (66 euros)

         -Ni hablar…mira, lleva estas de 3.500 pesetas (21 euros) Oiga, pónganos estas también… No, no…no hace falta graduarlas. Me las llevo así, como están. Y no pregunte.

Subimos a Iurreta y le hice a Mikel un “pase de gafas”. El eligió

        -Esas.

        -Vale.

Vaya por delante toda mi solidaridad con todas las azafatas del Un, Dos, Tres  que  en el mundo han sido y con actores y actrices que por exigencias del guión se ponen unas gafas que no necesitan. Más de una vez bajé al estudio del Teleberri sin las p… gafas y tuve que subir corriendo a por ellas con la consiguiente falta de oxígeno para leer los titulares. Eso sí, tengo que reconocerle a Mikel Urretabizkaia que sabía lo que hacía. Mucha gente se quedó con mi imagen. Eso ocurrió en 1996. 12 años después, en 2008, un señor me paró en la calle y me dijo:

        -Oye, tú eres el del Teleberri…

         -Sí

         -¡Cómo cambias al natural!

         -Ya…el traje, la corbata…. ( es lo que digo siempre)

         -Además tú en la tele usas gafas…bueno…antes usabas…¿te has operado?

        -Más o menos, oiga, más o menos…

Si las gafas fueron mi cruz,  el teleprompter o auto-cue fue un regalo de cielo. Cualquier periodista que haya hecho directos “a pelo” debería poder probarlo al menos una vez en la vida. De paso, respondo aquí a una pregunta que muchísima gente me ha hecho. Sí. Los presentadores leemos todo o casi todo lo que decimos ante cámara. Son textos que previamente hemos escrito, reescrito o que nos han escrito otros compañeros. No parece que estamos leyendo gracias al ingenioso sistema del teleprompter. Consiste en una pantalla colocada bajo el objetivo de la cámara. A su vez la pantalla se refleja en un espejo colocado sobre la cámara. Las letras en la pantalla salen al revés para que -al reflejarse en el espejo- las podamos leer correctamente, o sea, al derecho. De este modo el presentador puede leer sin desviar la mirada del centro del objetivo. El tamaño de las letras es bastante grande, así que en cada línea apenas entran cuatro palabras y en cada pantalla sólo cinco líneas. El presentador hace avanzar el texto con un pedal que se coloca bajo la mesa y  con el que controla el ritmo al que van a apareciendo las palabras en pantalla.

A mí, acostumbrado a hacer directos ”sin”, el teleprompter me pareció el mejor invento del mundo. El único -pero no desdeñable- problema es que por alguna extraña razón que nadie acertaba a explicar, por aquel entonces el prompter en los informativos de ETB no lo manejaban  los presentadores,  sino los becarios. Con el paso de los años eso cambió y actualmente se usa el mencionado pedal combinado con un ayudante de redacción desde el control de realización reordena los textos por ordenador en caso de que sea necesario cambiar el orden de las noticias en el transcurso el informativo.

Yo era nuevo en la plaza pero lo de que el prompter de Teleberri lo manejase un estudiante de 3º de periodismo en su segundo día de prácticas me parecía muy extraño. Pregunté y me dijeron que como los ayudantes de redacción eran pocos y no llegaban a todo había que hacerlo de aquella manera.

Pues nada…en directo en manos de un chaval o chavala de 19 años. Les pongo un ejemplo: falta un video –llamado punto180- sobre la evolución del IPC. En cuestión de segundos el editor tiene que decidir qué hacer. Puede prescindir el video y seguir el guión con otras noticias de economía, confiando en que el video llegue mientras tanto. Otra posibilidad:  si sabe (más bien intuye) que el video va a tardar,  puede decidir saltar todo el bloque de economía para ir, por ejemplo,  a internacional y ganar tiempo. En todo caso el editor tiene que tomar una decisión:

          -Atentos. Vamos al punto 220 (las noticias en el guión se ordenan por puntos; cada noticia, un punto)  Guantánamo. Saltamos 120, 140, 180 y 200 y  hacemos todo intrenacional. Si después del punto 250 ha llegado el 180,  el del IPC, quitamos la ráfaga, y retomamos todo el bloque de economía empezando por el punto 120.

Ese galimatías a cualquiera que no haya trabajado en un control de realización de informativos le suena a chino…y por definición, un becario NUNCA ha trabajado en un control de realización de informativos. Las posibilidades de que entienda que tiene que buscar en el ordenador que controla el prompter el punto 220 del guión (Guantánamo), ponerlo en pantalla y hacer lo mismo con el resto de videos de internacional (¿alguien le ha dicho al becario cuáles son esos videos?) y, después, volver al punto 120 y colocar en el ordenador los textos del bloque de economía (¿alguien le ha dicho cuáles y cuántos son?) son ciertamente remotas. 

Desenlace: cuando después del punto 110 el presentador (al que ya le han avisado de los cambios) espera encontrarse en el prompter el punto 220, en realidad se encuentra con cualquier otra cosa y hace lo que puede.

Así eran las cosas, con el agravante de que cada 6 meses… cambiaban los becarios.

Con mis flamantes gafas sin aumento presenté mi primer Teleberri un sábado de  comienzos de julio de 1996. Aquel primer año de presentador aprendí muchísimo por la sencilla razón de que tenía todo por aprender: cómo colocarme ante la cámara, la forma de mirar, la importancia de relajar la expresión, encontrar el punto de equilibrio entre un lenguaje demasiado farragoso o pedante y otro excesivamente coloquial, etc… Curiosamente estas eran cosas a las que, en 1996, en ETB, a nadie parecían importarle demasiado. Y en 2008 tampoco. Aquello ha funcionado durante 10 años por el sistema de “ensayo-error”, pero sin ensayo… o sea, en directo. 

 Yo hacía lo que me parecía.  Pedía a producción que grabaran el Teleberri  y al día siguiente lo visionaba para tratar de saber qué funcionaba y qué no,  una práctica que -a juzgar por ciertas miradas- algunos compañeros consideraban bastante narcisista. Salvo honrosas excepciones como las de un par de realizadores que me dieron buenos consejos, allí nadie te decía qué hacías bien y qué hacías mal.

Esa falta de análisis crítico –y esto no sólo vale para los presentadores sino para muchos de los contenidos el informativo- sigue siendo, a mi juicio, una de las grandes asignaturas pendientes de los servicios informativos de Euskal Telebista.

Otro de los “impactos” de convertirme en presentador de informativos fue todo lo relacionado con el cuidado de la imagen. Como cualquiera que sale en pantalla tengo mucho de presumido pero al mismo tiempo no soy demasiado cuidadoso con  mi aspecto. Yo diría que  en vez de  metrosexual  soy “metrodejao” y eso para un presentador de TV es un problema.  Y para un  ex presentador, ni les cuento. 

En ETB no siempre se ha cuidado la imagen tanto como ahora. En aquel año 96 el estilo y el glamour había que traerlos de casa y yo no andaba muy sobrado de ambos. Con el tiempo y gracias principalmente al empeño de algunos directivos y del realizador Gorka García,  los presentadores empezamos a trabajar ese aspecto. A veces con asesoría externa, a veces con cosecha propia de los departamentos de vestuario y maquillaje,  a ETB llegaron  las pruebas de vestuario individualizadas, los tonos de maquillaje personales para cada uno, los cortes de pelo estudiados, los productos maquillaje y peluquería de primera calidad…y en mi caso un periódico retoque de cejas que me ha hecho solidarizarme y empatizar con todas las usuarias de pinzas de depilar que en el mundo han sido.

 ¡Joder, cómo duele depilarse las cejas¡.  ¡Qué mérito  el de mis compañeras de vestuario y maquillaje  que aguantaban mis pegas y  reparos a someterme a aquellas sesiones de “restauración”¡ Pues , miren por dónde, llegados a este punto confesaré que una de las cosas que más echo de menos desde que deje de presentar Teleberri es poder mirarme al espejo y tener siempre buena cara. Ahora las ojeras, rojeces, arrugas y pelos incontrolados en el entrecejo no las repara nadie.

Por cierto…un consejo por si alguna vez les invitan a un plató de televisión: no lleven camisas o blusas caras y menos aún si son de cuello estrecho. El maquillaje de televisión mancha muchísimo y es muy muy difícil de quitar  de la  ropa buena. Cada día, nada mas maquillarme, yo me ponía dos kleenex forrando  los cuellos de la camisa y andaba con ellos por toda ETB. Me costaba risas y comentarios de mucha gente que me preguntaba por qué llevaba  aquel babero que parecía un alzacuellos, pero por lo menos no estropeaba la ropa.

Dejando al margen estos asuntos más frívolos, de aquella primera etapa como presentador recuerdo de manera especial dos Teleberris. El primero por ser el más caótico que jamás he hecho. A falta de 20  minutos para empezar se estropearon a la vez los ordenadores, el teleprompter y todas las fotocopiadoras. Yo entré en el estudio con una lista de temas escrita a mano en una hoja de papel como quien entra al Carrefour el sábado por la mañana. Un minuto antes de empezar me pasaron  un puñado de folios en los que, cada periodista, había escrito de puño y letra la “sarrera” (presentación o entradilla) de su video. Luego me pasaron las entradillas de los corresponsales en ilegibles hojas de fax.. Todo el informativo, desde el “Arratsaldeon” a los titulares, pasando por los videos y la despedida, TODO, fue improvisado porque en la media hora que duró aquello no dio tiempo de arreglar nada. Fue la antítesis de lo que debe ser la presentación de un informativo.

El segundo Teleberri imborrable, por razones muy diferentes,  fue el del 13 de julio de 1997. Dos días antes yo estaba donde estoy todos los años siempre que puedo: en las calles de Pamplona, en las fiestas de San Fermín,  acompañado por media docena de buenos amigos, casi todos periodistas. A algunos de ellos les toca ejercer la profesión durante las fiestas , de modo que no tardamos en enterarnos de que ETA había secuestrado a un concejal del PP de Ermua, un absoluto desconocido llamado Miguel Ángel Blanco. Amenazaban con matarlo en 48 horas si el gobierno Aznar no modificaba su política penitenciaria y en particular la estrategia de dispersión de presos de ETA que había heredado del gobierno del PSOE.

Llame a Iurreta y me pidieron que al día siguiente fuese a trabajar un poco antes de lo normal.

La mañana del sábado fue tensa y triste pero en momentos así los periodistas de actualidad entramos en lo que acertadamente Stieg Larsson, el autor de la trilogía Milenium, califica en uno de sus libros de “ estadio de ingravidez”. Como dice el escritor sueco, “es un síndrome que se activa en momentos de crisis; es cuando el mundo está de luto cuando el periodista resulta sumamente eficaz”

En ese estadio de ingravidez contamos en directo cómo miles y miles de personas se echaban a las calles de Euskadi para pedirle a ETA que no matase a aquel joven.

Todas las televisiones interrumpimos nuestra programación y , en un hecho sin precedentes, colocamos en pantalla un mensaje pidiendo su liberación. Dirigía el informativo Carmen Baroja,  probablemente la persona que más “informativos de crisis” ha dirigido en los últimos 15 años en ETB gracias a su increíble capacidad para estar en el momento preciso en el lugar menos adecuado.

 Acabamos el Teleberri a las 15:30 y Carmen sugirió que bajásemos a comer algo rápido porque a las 16.00 vencía el ultimátum de ETA. Casi nadie comió nada y a las 15:55 estábamos todos de vuelta en redacción a la espera del desenlace de aquella macabra amenaza. El silencio era -desgraciadamente nunca mejor dicho-  sepulcral.

En aquellos años el servicio de teletipos de la agencia EFE hacía que las noticias que merecían el calificativo de “Urgente”  llegasen acompañadas por un agudo pitido de los ordenadores.  Cinco minutos después de las 16:00 todos los PC de la redacción pitaron a la vez. Piiiiiiiiiiiiii-piiiiiiiii. El sonido que durante unas décimas de segundo quisimos creer de esperanza se reveló como sonido de muerte cuando leímos esta escueta frase.

////EFE (Urgente) LOCALIZADO HOMBRE TIROTEADO EN LASARTE-ORIA///

En cuanto nos fue posible ( hoy no nos habría costado tanto) empezamos a emitir un informativo especial que al final duró más de 4 horas. En circunstancias normales la televisión es una gran impostura, todo está medido, calculado, las imágenes seleccionadas, las entrevistas semi-pactadas. Sin embargo,  en contadas ocasiones,  acontecimientos excepcionales la convierten en una ventana abierta a la que el espectador y el periodista se asoman juntos para ver qué está pasando. En días así las conexiones en directo no tienen tiempo asignado, las imágenes hablan por si solas, el sonido ambiente nos transporta físicamente al lugar de los hechos,  la locución del periodista está a menudo de sobra, no hay guión ni escaleta y el presentador se siente como un jinete que se deja llevar a lomos de un pura sangre. No  sabes exactamente a dónde se dirige la fuerza animal que te transporta y te conformas con no caerte en cada arreón. Ocurrió el 11-S, ocurrió el 11-M y ocurrió con aquel asesinato.

El silencio en la plaza de Ermua hasta que el alcalde y la familia de Blanco salieron  al balcón, los gritos de dolor de sus vecinos y amigos, las lágrimas de aquella familia totalmente destrozada que levantaba las manos en señal de agradecimiento por el apoyo que recibían, la indignación que destilaban las palabras de cualquiera de las personas anónimas a las que los periodistas acercaban sus micrófonos, la certeza y la conciencia de que se había cruzado un límite no escrito, el asco, la rabia, las declaraciones de quienes aprovechaban la conmoción para favorecer sus intereses partidistas…todo ocurrió con las cámaras como testigos y todo lo contamos, como se dice ahora, en tiempo real.

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Acerca de JUAN CARLOS ETXEBERRIA

Periodista vasco. Trabajo actualmente en los servicios informativos de Euskal Telebista (ETB) elaborando reportajes para los informativos Gaur Egun y Teleberri
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